
Opinión
Petro será el siguiente
Petro y Maduro no son un problema ideológico. Son una amenaza concreta para la estabilidad regional.
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Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que Gustavo Petro será el siguiente después de Nicolás Maduro, no lanzó una frase ligera ni un exabrupto de campaña. Emitió una advertencia geopolítica. Una señal clara de que Washington ya no mira a Colombia como el socio confiable que durante décadas fue un pilar de la estabilidad regional, sino como un país que se desliza peligrosamente hacia la órbita del narcotráfico, la permisividad criminal y las alianzas equivocadas.
El problema no es Trump. El problema es Gustavo Petro. Su Gobierno desmontó, debilitó y deslegitimó la política de combate al narcotráfico mientras los cultivos ilícitos crecen como nunca antes. Colombia volvió a romper récords en producción de coca, los grupos narcoterroristas recuperaron control territorial, los corredores estratégicos se reactivaron y la Fuerza Pública fue maniatada por una narrativa ideológica que confunde paz con impunidad. Son datos. Son más de 320.000 hectáreas sembradas. Son toneladas exportadas. Son rutas abiertas que se convirtieron en una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.
En Washington no se gobierna con discursos, sino con cifras. Y las cifras muestran que Colombia hoy produce más coca que nunca, mientras el Gobierno relativiza el problema, estigmatiza a quienes combaten el narcotráfico y legitima políticamente a quienes viven de él. Cuando Trump habla de Colombia como un problema de seguridad hemisférica, no está inventando una amenaza, la está leyendo en tiempo real.
A eso se suma un factor aún más grave. Gustavo Petro no solo fracasó en combatir el narcotráfico interno, sino que decidió alinearse política y discursivamente con la narcodictadura venezolana. Un régimen señalado por múltiples agencias internacionales por la creación de la estructura narcoterrorista del Cartel de los Soles, por el uso del territorio venezolano como plataforma de exportación de cocaína y por su alianza con grupos armados ilegales colombianos. Petro no rompió con Maduro. Lo legitimó. Lo defendió. Lo blanqueó. Y eso, para Estados Unidos, no es una diferencia ideológica, es una amenaza estratégica.
Trump entiende algo que muchos se niegan a aceptar: Petro y Maduro no son fenómenos aislados, son parte de un mismo ecosistema político-criminal que desestabiliza la región, erosiona la institucionalidad y alimenta redes transnacionales de narcotráfico. Por eso los menciona en la misma frase. Por eso los conecta. Por eso advierte.
Y hay un dato que incomoda, pero que no puede ignorarse. Si un grupo de mercenarios fue capaz de sacar a María Corina Machado de Venezuela y llevarla hasta Oslo, burlando la vigilancia de una dictadura que se dice inexpugnable, nadie puede dudar de que Estados Unidos tiene la capacidad real, técnica y militar para sacar del poder a la narcodictadura que se enquistó en Miraflores. Ya lo ha hecho antes en otros escenarios. Y también tiene los mecanismos para aislar, presionar y deslegitimar a cualquier gobierno que se convierta en aliado funcional del crimen organizado.
Colombia no está blindada por historia ni por discursos. Está blindada por su comportamiento. Y el comportamiento del Gobierno Petro ha encendido todas las alarmas en Washington. Cuando Trump dice que después de Maduro viene Petro, no está anunciando una intervención inmediata. Está diciendo algo más profundo y más peligroso: que Colombia ya entró en el radar de amenaza a la seguridad nacional estadounidense.
Petro juega a la retórica antiimperialista mientras entrega el país a los narcoterroristas. Se victimiza mientras desmonta la cooperación internacional. Habla de soberanía mientras permite que el narcotráfico se fortalezca y que los aliados de Maduro operen con comodidad. Ese doble discurso tiene consecuencias. Y Trump acaba de recordarlo.
La región no aguanta otra Venezuela. No aguanta otro Estado capturado por el narcotráfico. Petro y Maduro no son un problema ideológico. Son una amenaza concreta para la estabilidad regional. Y cuando Estados Unidos empieza a hablar en ese lenguaje, la historia demuestra que no es una conversación menor.
